Correo postal, aviadores y aventureros

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La conquista del aire ha dado origen a una literatura considerable. Si se piensa en la Aéropostale, es inevitable mencionar a Antoine de Saint-Exupéry, piloto de la compañía y autor de libros como Correo del Sur , Vuelo nocturno y Tierra de hombres , y a Joseph Kessel, novelista y aviador, del que se reedita la biografía Mermoz (Libros del Zorzal). Por fortuna, la experiencia de unir Europa y África tuvo en Saint-Exupéry y en Joseph Kessel, a dos actores, testigos y narradores de esa gesta.

En la historia hoy casi legendaria de la Aéropostale intervino un equipo de hombres que, detrás de su aparente simplicidad (con excepción de Saint-Ex y Kessel), ocultaban personalidades complejas. Además de los héroes que murieron en el océano o contra la ladera de una montaña, estaban los hombres de negocios, los pioneros que, con una mente comercial inflexible, desde sus escritorios, vencieron sus propios sentimientos y llegaron a sacrificar a sus amigos pilotos para poder lograr lo que todos querían. Unos y otros tenía la misma finalidad: cumplir con los horarios y las entregas y acortar los plazos de llegada de una carta. Pero había algo más: fracasar en esa tarea no significaba meramente haber atentado contra el reloj, era no tener estatura moral. Quien preservaba la vida a costa de su tarea corría un peligro no menor: perder la dignidad. Ese tipo de hombre no tenía lugar en la Aéropostale.

La historia comenzó en 1917 cuando Pierre Latécoère, un industrial de Toulouse, recibió el encargo de fabricar una serie de aviones de guerra. Latécoère pensó que apenas terminada la contienda, había que darles a esas máquinas un uso pacífico y concibió la idea de establecer un servicio postal regular entre París y Buenos Aires. Había que adelantarse a la competencia de los norteamericanos y, sobre todo, de los alemanes. Mientras que Francia, Gran Bretaña, España y otros países de Europa se habían distribuido las conexiones aéreas en ese continente, los alemanes, tras la derrota, habían quedado excluidos de los circuitos más interesantes; en realidad, lo que les quedaba por desarrollar era el tráfico hacia América Latina.

Latécoère le propuso a su amigo, el diplomático italiano Beppo de Massimi, que le allanara todos los obstáculos desde el punto de vista de las relaciones internacionales para hacer realidad ese proyecto. La Nochebuena de 1918, el industrial dio el primer paso: con el piloto Cornemont, franqueó los Pirineos y llegó de Toulouse a Barcelona. Lo que iba a ser la “Línea” había comenzado. En febrero de 1919, Latécoère en un avión, y Massimi y Lemaître en otro, prolongaron la aventura hasta Alicante. Un mes después, el 19 de marzo, Lemaître y Latécoère volaron hasta Rabat y le entregaron al mariscal Leyautey violetas frescas de Toulouse, recogidas el día anterior, y el diario Le Temps , con la fecha del 18 de marzo. Con el apoyo del mariscal, Latécoère obtuvo ayuda gubernamental y fundó las Líneas Aéreas Latécoère. En la empresa, lo acompañaban ex camaradas de combate, Vanier, Dombray, Morraglia y, sobre todo, Didier Daurat, que habría de encarnar el espíritu de la Línea y convertirse en el motor secreto de la compañía. El 1° de septiembre de 1919, el primer correo Aéropostale partió de Toulouse hacia Marruecos. Daurat fue nombrado jefe de explotación de la Sociedad y demostró tener una dureza y una lucidez insobornables.

Latécoère establecía paso a paso sus bases en el continente africano para planear el salto del Atlántico hacia América del Sur. En septiembre de 1920, el servicio de Toulouse a Casablanca se cumplía semanalmente en forma regular.

El Sahara como enemigo

Por supuesto, esas proezas se hacían a costa de enormes riesgos. Los aviones con los que contaban los pilotos no sólo tenían las limitaciones técnicas de la época, además no eran nuevos. Todo el tiempo tenían desperfectos. Entre los correos hubo numerosas víctimas fatales. Para poder seguir a los hidroaviones sobre el mar se instalaron radios, pero de muy poco poder, lo que las hacía a menudo ineficaces. Para suplir esas carencias, los pilotos llevaban también palomas mensajeras.

La distancia más corta entre Africa y América Latina, por sobre las aguas del Atlántico, es la que existe entre Dakar, en Africa, y Natal, en Brasil. Si se quería crear un servicio postal transatlántico, había que extender la Línea de Casablanca a Dakar. Desde esta ciudad se podía intentar una travesía por mar en barco hasta Natal para luego continuar por avión el recorrido que Latécoère tenía en mente y que llegaba no sólo a Buenos Aires, sino también, por encima de la Cordillera de los Andes, hasta Santiago de Chile.

El 3 de mayo de 1921, un grupo comandado por el capitán Roig hizo el primer vuelo entre Casablanca y Dakar en tres etapas y tres días. Pero la conexión postal regular sólo quedó establecida en 1925. Los aviones debían volar sobre dos mil kilómetros de desierto y los pilotos tenían que soportar la sed provocada por un calor espantoso y los vientos que levantaban tormentas de arena. Si se veían obligados a aterrizar por un desperfecto, corrían el riesgo de ser asesinados, torturados y, en el mejor de los casos, caer cautivos de las tribus rebeldes del desierto, los famosos hombres azules que aparecían entre las dunas montados en caballos veloces y resistentes. Por esa razón, Daurat decidió que ningún avión partiría solo. El aparato postal sería secundado siempre por otro. El grupo de cuatro hombres estaba integrado también por un intérprete, encargado de comunicarse con los árabes. Con el tiempo, y gracias a la ayuda del mariscal Lyautey, Daurat pudo establecer un acuerdo con las tribus rebeldes por el cual la Compañía se comprometía a pagar un rescate si los moros devolvían a los pilotos y el correo.

En 1924, ingresó en la Línea un joven piloto, Jean Mermoz, que había hecho sus primeras armas en la aviación en Toulouse. El hogar de los pilotos en la bella “ciudad rosa” de Toulouse era una pensión de familia, Au Grand Balcon. En su examen de admisión ante Daurat, Mermoz quiso impresionarlo y desplegó todo su arsenal de recursos acrobáticos. Daurat no le prestó atención y, desdeñoso, le dijo que se fuera a un circo, que necesitaba pilotos, no artistas de variedades. Con ese estilo, Daurat logró dominar a Mermoz e infundirle el espíritu de la Línea. Al principio, el tímido muchacho fue simplemente un mecánico que se encargaba de montar y desmontar motores, hasta que se le confió un avión.

Los hombres azules

Mermoz fue precisamente una de las víctimas de los accidentes sobre el Sahara. En mayo de 1926, se vio obligado a aterrizar en el desierto y enfrentar una terrible tormenta. Se puso en marcha a pie, dispuesto a caminar lo que fuera para alcanzar una población donde pudieran ayudarlo. La sed lo devoraba, desesperado, bebió el agua ácida, contaminada de óxido, del radiador. Por último, comprendió que la única posibilidad de salvación consistía en caer en manos de los moros. Lo que esperaba no tardó en ocurrir, lo tomaron prisionero, lo golpearon, lo ataron y lo transportaron a lomo de camello en un saco; cada tanto, le daban un trago de agua. Estuvo cautivo quince días y fue liberado mediante un rescate de mil pesetas. Poco tiempo después, otros compañeros, Erable, Pintado y Gourp, tuvieron menos suerte y fueron matados por los hombres azules del Sahara.

En 1926, el conde Antoine de Saint-Exupéry, el futuro autor de El principito , ingresó en la Línea. Al principio, se ocupó de tareas mecánicas, como había hecho Mermoz, después se lo envió a Cap-Juby, donde se hizo conocido entre los nativos porque aprendió la lengua del lugar. Se convirtió en una especie de sabio al que recurrían las tribus en disputa, arreglaba problemas familiares, casamientos y cuidaba enfermos. Pronto, como el resto de los pilotos de la Línea, adoptó la fe del correo. Sentía admiración por Daurat, que había logrado convertir los intereses de una empresa comercial en el símbolo de la dignidad de cada uno de los aviadores. Ese aspecto de la vida que compartía con los otros pilotos lo llevó a escribir su novela Vuelo nocturno . En ella, el personaje de Rivière, el jefe de explotación de la compañía aérea, está inspirado en Daurat. En un prólogo que André Gide escribió para el libro sintetizó el espíritu que animó a los hombres de la Línea: “La felicidad del hombre no reside en la libertad, sino en la aceptación de un deber”.

Bouilloux-Lafont

En la carrera por conquistar el Atlántico, Mermoz logró una victoria importante el 10 de octubre de 1927. Logró cubrir el trayecto Toulouse-Dakar sin escalas. Entre tanto, Latécoère y Daurat allanaban los obstáculos de tipo empresarial y jurídico para hacer realidad el cruce del océano. Gracias al gran piloto argentino Vicente Almandós Almonacid, que había combatido como voluntario por Francia en la Primera Guerra Mundial, habían tomado contacto con el presidente argentino Marcelo T. de Alvear y establecido acuerdos preliminares muy imporantes. Una misión aérea integrada por el príncipe Murat, a la cabeza, y los pilotos Roige, Vache y Hamm llegó a América del Sur. El 14 de enero de 1925 los tres pilotos a bordo de tres aparatos Bréguet recorrieron 2100 kilómetros y unieron Río de Janeiro y Buenos Aires. Después de ese triunfo, Vachet quedó encargado de preparar la ruta de Río hacia el norte. Cumplió una labor asombrosa porque convenció a las municipalidades y a los particulares de donar terrenos para que allí se levantaran los aeródromos de la época.

A la aventura del Atlántico, se había sumado un socio esencial para la realización del proyecto. Era el financista Marcel Bouilloux-Lafont, uno de los hombres de negocios más destacados de América del Sur, que buscaba contrarrestar la influencia de los alemanes y de los norteamericanos en el continente. Latécoère no tenía suficiente capital para montar la infraestructura que requería establecer el correo postal regular entre Francia, Brasil, la Argentina y Chile. Por eso vendió en 1927 el 93 por ciento de su compañía a Bouilloux-Lafont, dueño de puertos, ferrocarriles, edificios y, por supuesto, bancos. Por medio de la sociedad sudamericana de trabajos públicos (SUDAM), creó la red de aeródromos y contrató a los mejores pilotos, entre los que se contaban ases de la aviación mundial como Raymond Vanier y Henri Guillaumet. Así nació la Compagnie Générale Aéropostale. En 1930, la empresa cubría 17.000 kilómetros, empleaba a 80 pilotos, 250 mecánicos, 53 radios y 250 marineros encargados de transportar la correspondencia entre Dakar y Natal en los 8 barcos entregados por el gobierno francés para esa misión. La Aéropostale tenía 218 aviones y 21 hidroaviones. Además, contribuyó a la creación de empresas-hermanas, como se las llamó, encargadas de transportar el correo hacia destinos que no era capitales de países. Entre ellas, se encontraba la Aeroposta Argentina, que volaba a la Patagonia y que contaba a Saint-Exupéry, entre sus aviadores.

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2 comentarios sobre “Correo postal, aviadores y aventureros

    Pablo Etchevehere escribió:
    21 diciembre, 2010 en 23:22

    La Aeroposta Argentina, empresa francesa en la cual supieron volar pioneros de la aviación mundial como Saint Exupery y Jaen Mermoz, entre otros, sirvió de argumento literario al gran escritor frances nacido en Argentina Joseph Kessel,
    Esa empresa de los años 20 y 30 del siglo XX es hoy transformada, nuestra línea de bandera Aerolíneas Argentinas, de la cual y sus orígenes nosotros los argentinos estamos orgullosos. Nuestros niños aprenden en la escuela que hace mucho tiempo el autor del Principito voló solo cotra el temible viento patagónico, para llevar el correo y con el el progreso al extremo sur de la patria. Río Gallegos, Provincia de Santa Cruz en la lejana Patagónia austral.-

    Anabel escribió:
    23 diciembre, 2010 en 12:55

    Y Saint-Exupéry escribió “El Principito” mientras hacia escalas por la zona Sur de Marruecos, entre Dakhla, Tarfaya, El Aioun…en el desierto encontró la inspiración. Pablo, te imaginas que vida más alucinante la de estos aviadores ?? eso si que es aventura….

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