El misterio del Atlas

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Entre el 4 y el 8 de mayo, seis bombas de una tonelada de explosivos estallaron bajo tierra en una línea imaginaria de 350 kilómetros entre las cordilleras del Atlas y el Sáhara septentrional, en Marruecos. Más de 900 estaciones sísmicas repartidas en una línea aún más larga, de unos 700 kilómetros, auscultaron cómo reaccionaba la tierra. Los datos que se obtienen corresponden a un terremoto de magnitud uno, pero son suficientes para recoger la información necesaria para dibujar un mapa detallado del subsuelo.

El gran objetivo del experimento, uno de los mayores de este tipo llevado a cabo hasta ahora en el mundo, es desentrañar el misterioso origen de la cordillera del Atlas, cuyas cimas llegan a los 4.000 metros. Las cordilleras se suelen hallar donde dos placas chocan y arrugan la corteza terrestre , pero el Atlas no tiene nada de eso por debajo. Los intereses locales también contribuyeron a impulsar el ensayo. Marruecos, que en 1960 perdió miles de vidas en el terremoto de Agadir, está desarrollando en la actualidad su política antisísmica. Las empresas de fosfatos y petróleo que operan en el país también quieren tener una idea más clara de la estructura del subsuelo.

El macroexperimento se realizó a principios de mayo tras una reunión de 75 investigadores de España, EEUU y Marruecos. La Universidad de Salamanca y la Rice de Houston, así como centros de investigación de Rabat, Marrakesh y Fez, también participaron en las observaciones. Durante dos días, los científicos se repartieron por parejas –un marroquí y un extranjero– a lo largo de una línea de 700 kilómetros a lo largo de la carretera que va de Merzouga a Ceuta.

 

Se colocaron sensores sísmicos en los lugares más inesperados: jardines privados o incluso lugares donde pastaban animales. La población local fue siempre muy colaboradora . La mayoría de los investigadores eran estudiantes de doctorado que se apuntaron al experimento voluntariamente. Un mes antes de la llegada de los investigadores, técnicos locales habían enterrado en profundos agujeros las seis cargas.

Finalmente, el 4 de mayo se dio el OK a la primera explosión. «Los investigadores que nos encontrábamos cerca notamos el paso de las ondas sísmicas superficiales», recuerda Carbonell. Los días siguientes se sucedieron cinco explosiones más, mientras los centenares de sensores capturaban señales. «Fue una especie de ecografía de la tierra», explica Carbonell. «La técnica es conocida como sísmica de reflexión de gran ángulo», detalla.

«El 8 de mayo, al mediodía, tras la última detonación hubo otra explosión: la de llamadas de móviles para informar a todos los grupos de que el experimento se había acabado», explica Teixell. Los equipos recogieron rápidamente las estaciones de medición y al día siguiente por la noche ya estaban de vuelta a su casa. «Sólo desaparecieron ocho estaciones: en otros experimentos se suele perder el 10% de las máquinas», destaca Carbonell.

Los investigadores están analizando las mediciones. «No tendremos resultados antes de unos siete meses», anuncia Carbonell. Sin embargo, los científicos trabajan con una hipótesis: «Si la cordillera del Atlas no surgió por un choque de placas, debe de haber una anomalía del manto, el nivel que se halla justo debajo de la corteza», explica Teixell. Podría ser que en esa zona el manto esté más caliente y tienda a subir hacia arriba.

«Un geólogo puede notar que las montañas del Atlas son distintas a las otras», comenta Teixell. Carbonell lo explica con una metáfora: «Si se aprieta una manta por dos lados, se formarán unas arrugas: esto es lo que pasa en el Himalaya». Pero el Atlas está mucho menos arrugado.

Aunque el misterio de la cordillera queda pendiente de aclarar, siempre perdurará la experiencia de la cooperación. «Nosotros transferimos conocimientos a nuestros colegas de Marruecos y les permitimos trabajar con equipos más avanzados, mientras que ellos nos ayudaron muchísimo gracias a su conocimiento del territorio», concluye Carbonell.

( Ramon Carbonell, investigador del Instituto Jaume Almera, del CSIC, que coordina, justo con Antonio Teixell, de la Universitat Autònoma de Barcelona, el experimento Seismic Imaging of Morrocan Atlas (SIMA).)

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