Contadores de cuentos

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En Marrakech todavía quedan contadores de cuentos, hombre que relatan esas viejas historias que van pasando de generación en generación. Pero ahora que la tecnología moderna ofrece nuevas formas de diversión, los jóvenes han comenzado a ignorar a estos “libros vivientes” y por primera vez en mil años, esta tradición está en peligro de desaparecer.

Según cuenta la leyenda, el almuecín -el encargado de llamar a los feligreses a la hora del rezo- apostado en el minarete de la principal mezquita de Marrakech, tenía que ser ciego.  Porque si no lo era, podía observar desde su altura el palacio del Sultán y, por ende, a las mujeres de su harén.

Pero también podría ver a los hombres que comen fuego, a los adivinos, los acróbatas y a los encantadores de serpientes reunidos en la plaza principal de la ciudad, ya que toda la vida se concentra allí.

Y además está el sonido: la plaza es una cacofonía de tambores, flautas y canciones interpretadas por músicos de África.

Pero si logras encontrar una esquina tranquila, puede ser que descubras uno de los tesoros escondidos que alberga la ciudad.  Tal vez no sean los artistas que más se hacen notar y ciertamente no son los más vociferantes, pero si puedes encontrar a un contador de historias (o halaka), prepárate para pasar un momento maravilloso.  Los contadores de historias son tan antiguos como las mismas colinas de Marrakech o como las montañas Atlas.

Moulay Mohammed, un hombre de barba al que le faltaban algunos dientes se sienta en la plaza y está rodeado por un círculo de curiosos. Tiene 71 años y cuenta historias desde hace 45. Cuando era pequeño, él solía venir aquí a escuchar a los ancianos contar sus historias y quedó tan impresionado con sus relatos, que luego se transformó en uno de ellos. Mohammed dice que se sabe casi todo el Viejo Testamento y “Las mil y una noches”, de principio a fin.

No es sólo lo que se dice sino cómo se dice“, aclara Mohammed. Incluso, si uno no entiende una palabra de lo que está diciendo, es imposible no quedarse fascinado al escucharlo hablar.  Uno puede sentir el drama de la historia y su suspenso. Sus palabras son valiosas y quedan como suspendidas en el aire.

Hoy en día, más del 40% de los marroquíes no sabe leer ni escribir. De ahí la importancia vital de la tradición oral.

Claro que el arte de contar historias es una forma de entretenimiento, pero es mucho más que eso. Al igual que las parábolas del Nuevo Testamento, las historias son formas de transmitir ideas, valores y filosofías.

Pero todo esto corre el riesgo de desaparecer. Antes existían al menos unos 20 halakis en Marrakech, ahora apenas queda una media docena y todos ellos son hombres mayores.

Después de más de un milenio, este arte está a punto de convertirse en algo del pasado. Los marroquíes jóvenes prefieren mirar telenovelas a escuchar estos relatos y están menos interesados aún en aprender el oficio.

Mohammed no está preocupado de que esta forma de tradición oral pueda desaparecer:
Ah, sólo Dios puede saberlo. Hoy existen los hombres que cuentan historias. Eso es lo único que sé“.

Para tratar de salvar esta tradición milenaria, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), ha empezado a grabar algunas de las historias y a colocarlas en internet.

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