Una mujer, gobernadora en Afganistán

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En un panorama político dominado no sólo por hombres, sino por comandantes de milicias, líderes de la yihad afgana y una miríada de poderes de toda índole, Habiba Sarobi se mantiene firme. No sólo es la primera y única mujer gobernadora de Bamiyán, una de las 34 provincias de Afganistán, sino que se mantiene en su puesto sin apoyos políticos ni armados. De 54 años, farmacéutica de profesión, Sarobi ha conseguido sobrevivir en las complejas aguas de la política afgana, convirtiéndose en uno de los más veteranos y exitosos gobernadores del país.

En sus cinco años como gobernadora de la provincia, Sarobi ha trabajado muy duro para promover los derechos y la representación de las mujeres, aparte, por supuesto, de incidir en temas económicos y medioambientales que afectan a su jurisdicción.

Entre sus objetivos se propuso contratar, al menos, entre un 25 y un 30 por ciento de mujeres para trabajar como funcionarias. “Actualmente sólo hay un 11 por ciento, ya que, hoy en día, el problema es encontrar mujeres con estudios,” se lamenta. Muy pocas afganas han tenido acceso a la educación, aunque la cifra de niñas que van a la escuela está cambiando esta tendencia poco a poco. Las estadísticas del gobierno afgano de 2007 a 2008 situaban los niveles de alfabetización femenina en un 12 por ciento frente al 39 por ciento de los varones. “La educación es necesaria para que las mujeres alcancen cargos de responsabilidad,” dice Sarobi. Aunque añade que la educación no es la única ruta a la independencia. “También se puede empoderar a las mujeres – aún cuando no hayan tenido acceso a la educación – fomentando su independencia económica. En mi provincia trabajan y se ganan la vida independientemente, por ejemplo, en el campo de las artesanías.”

Una investigación reciente de noviembre de 2010, elaborada por Asia Fundation, mostraba que la región de Bamiyán tenía el mayor índice de aprobación de que las mujeres trabajasen fuera de sus hogares. Sin embargo, también apuntaba una fuerte reducción en el apoyo a lo largo de todo el país de que las mujeres pudieran ser representantes públicas.

Un caso atípico en un entorno hostil

Como mujer con un alto cargo, Sarobi sigue siendo un caso extremadamente inusual. A pesar de los considerables esfuerzos de las organizaciones de la sociedad civil, las mujeres siguen estando apenas representadas en el gobierno y en los cargos de responsabilidad, y los líderes conservadores ven con malos ojos el activismo de las mujeres.

Los grupos de la sociedad civil, que han hecho campaña por los derechos democráticos, temen un resurgimiento del conservadurismo intolerante. Muchos son los que temen que las mujeres paguen un alto precio tras las conversaciones sobre reconciliación con los talibanes.

En efecto, “la situación es muy distinta a la que había hace ocho o diez años, pero las preocupaciones siguen ahí,” dice Sarobi. “En el proceso de reconciliación y reintegración actual [con los insurgentes] no está clara cómo quedará la situación de las mujeres. Me preocupa que los insurgentes no acepten la constitución ni los derechos de la mujer. Estamos siendo testigos de un aumento de la violencia contra las mujeres.”

Una mujer que superó todos los obstáculos

Con ironía, Sarobi mide la discriminación contra las mujeres como un factor para su éxito. “La primera etapa de mi niñez fue muy dura. Mi padre – como todos los hombres en Afganistán – prefería antes a mis hermanos varones que a mi.” Esta falta de atención paterna fue forjando el espíritu de superación de Sarobi. “Quería demostrar a mi padre que podía ser mejor que mis hermanos. Trabajé duro y siempre fui la primera de la clase.”

Su tío, que había regresado de la Unión Soviética con valores más liberales sobre la educación de la mujer, la animó a ir a la universidad. “Mi personalidad cambió en aquel tiempo,” recuerda. “Fui una activista estudiantil contra la invasión rusa. Entonces era una persona muy sentimental. Luego, con los años, aprendí que no es bueno que una mujer sea tan emotiva. Aprendí a ser fuerte, a no llorar. Tras los rusos, los muyaidines empezaron a luchar unos contra otros. Estaba angustiada por sobrevivir: había comenzado una nueva vida con mi familia, y era una madre preocupada por la vida de sus hijos.”

Su profesión como farmacéutica terminó abruptamente con el final de la guerra civil y la llegada de los talibanes. “Se suponía que todas las mujeres debían quedarse en sus casas. Yo no podía hacer eso, así que huí a Pakistán,” cuenta.

Allí empezó a colaborar con ONG que trabajaban con refugiados enseñando a las niñas en los campamentos. Después de 2001, tras la intervención de Estados Unidos en Afganistán, se convirtió en ministra para Asuntos de la Mujer – la segunda mujer en ocupar este cargo – y cuatro años después se convirtió en la primera gobernadora de Bamiyán.

A la pregunta de por qué ha sido posible que una mujer sea la gobernadora de una provincia y no de otra, su respuesta es clara: “hubiera resultado imposible gobernar provincias como Helmund o Kandahar”. Estas provincias del sur de Afganistán tienen rígidas costumbres sociales que han sido exacerbadas por el conflicto. Bamiyán, en las tierras altas centrales del país, es de mayoría Hazara, un grupo étnico que desciende, presuntamente, de los mongoles. Como chiíes, son menos conservadores en su actitud hacia la mujer que las dos comunidades dominantes, los tayikos y los pastunes, que son sunníes.

A pesar de ello, a Sarobi no le ha resultado fácil ser aceptada. Cuando llegó por primera vez a la provincia como gobernadora, fue un joven oficial quien hizo el saludo ceremonial en vez de ella. Pero desde entonces las cosas han cambiado y la ‘wali’ (gobernador en lengua dari) es temida y respetada.

A modo de ejemplo, en un país donde el conflicto facilita todas las excusas, Sarobi es la única gobernadora que multa a sus empleados por llegar tarde o utilizar sus teléfonos durante las reuniones. Su estilo de trabajo pasa de boca en boca, ya sea porque sube por andamios de madera para inspeccionar la restauración de los Budas, las colosales estatuas del siglo sexto demolidas por los talibanes en 2001, o porque ha ordenado el derribo de las tiendas a orillas de los lagos de Band e Amir para impedir la contaminación.

“Al principio la gente no creía que una mujer pudiera ostentar un cargo como este,” dice. “Yo he sido un modelo de éxito porque pude instituir un buen sistema de gobierno en mi provincia. La gente está feliz con el desarrollo que ha llegado a la provincia. Ellos también están felices porque no estoy vinculada a ningún partido ni a los muyaidines, así que se sienten libre y tienen la confianza de hablarme libremente sin miedo”.

Y, finalmente, bromea: “¡A veces pienso que si me he mantenido en mi cargo es porque soy la única mujer que ejerce el puesto de gobernador en Afganistán!” 

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